viernes, 11 de noviembre de 2016
jueves, 10 de noviembre de 2016
miércoles, 9 de noviembre de 2016
El coleccionista de relojes extraordinarios, Laura Gallego Garcia.
El emperador comenzó a alimentar a su extraordinario reloj con las almas de aquellos que se atrevían a tocarlo. Y así, pronto la ciudad se llenó de cuerpos vivos, pero sin alma, como cascaras vacías, como autómatas que se movían sin recordar cómo ni porqué.
martes, 8 de noviembre de 2016
P.C Cast y Kristin Cast
Erase una vez, hace mucho, mucho tiempo, donde solo existía la
Energía Divina del universo. La Energía no era buena ni mala, no era luz
ni oscuridad, masculina ni femenina -simplemente existía, un torbellino
de posibilidades, colisionando, uniéndose y creciendo. Mientras la
energía crecía, evolucionaba. Mientras evolucionaba, creaba.
Primero llegó la creación de los reinos del Otro Mundo -interminables visiones se llenaron con sueños de Divinidad. Estos reinos eran tan hermosos que inspiraron a la energía a seguir creando, y desde el seno de cada uno de los reinos del Otro Mundo nacieron grandes sistemas solares, reflexiones tangibles de la Magia Antigua del Otro Mundo.
La Energía Divina del universo estaba tan complacida por sus creaciones que empezó a moverse y cambiar como vórtices de poder dentro de sí misma, como una polilla atraída por los diferentes universos. Cierta Energía estuvo satisfecha y tranquila, existiendo eternamente en una órbita giratoria de estrellas y lunas, y hermosos pero vacíos planetas. Cierta Energía destruyó sus creaciones, más satisfecha consigo misma que con las posibilidades. Y cierta Energía continuó cambiando, evolucionando y creando.
En un reino del Otro Mundo, la Energía Divina era particularmente inquisitiva y precoz, inquieta y alegre, porque más que nada deseaba compañía. Así que, desde el interior de los verdes bosques y lagos color zafiro del Otro Mundo, lo Divino forjó fabulosos seres y les dio vida. El aliento otorgado por lo Divino llevó consigo inmortalidad y conciencia. Lo Divino nombró a estos seres Dioses, Diosas y Fey. Les concedió a los Dioses y Diosas el dominio sobre todos los reinos del Otro Mundo, y le encargó a los Fey ser sus sirvientes.
Muchos de los seres inmortales se dispersaron por los interminables reinos del Otro Mundo, pero aquellos que se quedaron complacieron a lo Divino enormemente.
A ellos, lo Divino les regaló un dominio adicional sobre todos los otros inmortales, la administración de un planeta particular en su sistema -un planeta que intrigaba a la Energía Divina porque reflejaba la belleza verde y azul del Otro Mundo.
La intriga engendró curiosidad, y la curiosidad engendró exploración, hasta que finalmente lo Divino no pudo resistir el acariciar la superficie del planeta verde y zafiro. El planeta despertó, nombrándose a sí mismo Tierra. La Tierra atrajo a lo Divino, invitándole con sus exuberantes tierras y sus dulces y tranquilizadoras aguas.
Llenos de asombro, los Dioses y Diosas observaron.
Encantada con su propia creación, la Energía Divina se unió a la Tierra. Quien le complació extensamente; pero la Energía no podía ser contenida por mucho tiempo. La Tierra entendió y aceptó su naturaleza, nunca amándole menos por aquello que no podía ser cambiado. Antes de dejarla para recorrer el universo, buscando más compañía, la Energía Divina le dio a la Tierra su regalo más preciado -la magia que era el poder de la creación.
La joven Tierra, fértil y seductora comenzó a crear.
La Tierra sembró los terrenos y los océanos con su regalo de la creación, y de ellos evolucionó tal magnitud de criaturas, que los Dioses y Diosas desde el observante Otro Mundo, empezaron a visitar a la Tierra con más frecuencia, disfrutando de la diversidad de la Tierra viva.
La Tierra le dio la bienvenida a los inmortales, hijos de su amado Divino. Ella los amaba tan profundamente que se inspiró a diseñar una creación muy especial. De su seno, formó e insertó vida a los seres que forjó a la misma imagen de los Dioses y Diosas, llamándolos humanos. Aunque la Madre Tierra no podía otorgarles a sus hijos la inmortalidad -ese era un regalo que solo la Divina Energía podía otorgar- colocó dentro de cada uno de ellos una chispa de la Divinidad que había sido compartida en ella, asegurando que a pesar de que sus cuerpos siempre deberán regresar a la tierra de la cual fueron hechos, su conciencia continuará eternamente en forma de espíritu, de manera que pudieran renacer una y otra vez en la Madre Tierra.
Creados en su imagen, los hijos de la Tierra encantaron a los Dioses y Diosas. Los Dioses y Diosas juraron velar por ellos y compartir el Otro Mundo con los espíritus Divinos dentro de ellos cuando lo inevitable sucediera, y sus cuerpos mortales fallecieran.
Primero llegó la creación de los reinos del Otro Mundo -interminables visiones se llenaron con sueños de Divinidad. Estos reinos eran tan hermosos que inspiraron a la energía a seguir creando, y desde el seno de cada uno de los reinos del Otro Mundo nacieron grandes sistemas solares, reflexiones tangibles de la Magia Antigua del Otro Mundo.
La Energía Divina del universo estaba tan complacida por sus creaciones que empezó a moverse y cambiar como vórtices de poder dentro de sí misma, como una polilla atraída por los diferentes universos. Cierta Energía estuvo satisfecha y tranquila, existiendo eternamente en una órbita giratoria de estrellas y lunas, y hermosos pero vacíos planetas. Cierta Energía destruyó sus creaciones, más satisfecha consigo misma que con las posibilidades. Y cierta Energía continuó cambiando, evolucionando y creando.
En un reino del Otro Mundo, la Energía Divina era particularmente inquisitiva y precoz, inquieta y alegre, porque más que nada deseaba compañía. Así que, desde el interior de los verdes bosques y lagos color zafiro del Otro Mundo, lo Divino forjó fabulosos seres y les dio vida. El aliento otorgado por lo Divino llevó consigo inmortalidad y conciencia. Lo Divino nombró a estos seres Dioses, Diosas y Fey. Les concedió a los Dioses y Diosas el dominio sobre todos los reinos del Otro Mundo, y le encargó a los Fey ser sus sirvientes.
Muchos de los seres inmortales se dispersaron por los interminables reinos del Otro Mundo, pero aquellos que se quedaron complacieron a lo Divino enormemente.
A ellos, lo Divino les regaló un dominio adicional sobre todos los otros inmortales, la administración de un planeta particular en su sistema -un planeta que intrigaba a la Energía Divina porque reflejaba la belleza verde y azul del Otro Mundo.
La intriga engendró curiosidad, y la curiosidad engendró exploración, hasta que finalmente lo Divino no pudo resistir el acariciar la superficie del planeta verde y zafiro. El planeta despertó, nombrándose a sí mismo Tierra. La Tierra atrajo a lo Divino, invitándole con sus exuberantes tierras y sus dulces y tranquilizadoras aguas.
Llenos de asombro, los Dioses y Diosas observaron.
Encantada con su propia creación, la Energía Divina se unió a la Tierra. Quien le complació extensamente; pero la Energía no podía ser contenida por mucho tiempo. La Tierra entendió y aceptó su naturaleza, nunca amándole menos por aquello que no podía ser cambiado. Antes de dejarla para recorrer el universo, buscando más compañía, la Energía Divina le dio a la Tierra su regalo más preciado -la magia que era el poder de la creación.
La joven Tierra, fértil y seductora comenzó a crear.
La Tierra sembró los terrenos y los océanos con su regalo de la creación, y de ellos evolucionó tal magnitud de criaturas, que los Dioses y Diosas desde el observante Otro Mundo, empezaron a visitar a la Tierra con más frecuencia, disfrutando de la diversidad de la Tierra viva.
La Tierra le dio la bienvenida a los inmortales, hijos de su amado Divino. Ella los amaba tan profundamente que se inspiró a diseñar una creación muy especial. De su seno, formó e insertó vida a los seres que forjó a la misma imagen de los Dioses y Diosas, llamándolos humanos. Aunque la Madre Tierra no podía otorgarles a sus hijos la inmortalidad -ese era un regalo que solo la Divina Energía podía otorgar- colocó dentro de cada uno de ellos una chispa de la Divinidad que había sido compartida en ella, asegurando que a pesar de que sus cuerpos siempre deberán regresar a la tierra de la cual fueron hechos, su conciencia continuará eternamente en forma de espíritu, de manera que pudieran renacer una y otra vez en la Madre Tierra.
Creados en su imagen, los hijos de la Tierra encantaron a los Dioses y Diosas. Los Dioses y Diosas juraron velar por ellos y compartir el Otro Mundo con los espíritus Divinos dentro de ellos cuando lo inevitable sucediera, y sus cuerpos mortales fallecieran.
viernes, 4 de noviembre de 2016
G.K Chesterton
Los cuentos de hadas superan la realidad no porque nos digan que los dragones existen, sino porque nos dicen que pueden se vencidos.
jueves, 3 de noviembre de 2016
J.K ROWLING
Son nuestros gustos, en mayor medida que nuestras capacidades, lo que revela más de nosotros mismos.
Harry Potter And The Chamber Of Secrets
Harry Potter And The Chamber Of Secrets
miércoles, 2 de noviembre de 2016
EL CORAZÓN PELUDO DEL BRUJO
Erase una vez un joven brujo atractivo, rico y con talento que observó cómo sus amigos se comportaban como idiotas cuando se enamoraban: retozaban como crios, se acicalaban y perdían el apetito y la dignidad. Así pues, decidió no caer nunca en esa debilidad y empleó las
artes oscuras para evitarlo.
La familia del brujo, que ignoraba su secreto, se sonreía al verlo tan frío y distante.
—Todo cambiará el día que quede prendado de una doncella —profetizaban.
Pero el joven brujo no quedaba prendado de nadie. Pese a que más de una doncella sentía intriga por su altivo semblante y utilizaba sus encantos más sutiles para complacerlo, ninguna consiguió cautivar su corazón. El brujo se vanagloriaba de su propia indiferencia y de la sagacidad que la había producido.
Transcurridos los primeros años de la juventud, los amigos del brujo empezaron a casarse y, más adelante, a tener hijos.
«Sus corazones deben de estar resecos como cáscaras por culpa de los lloriqueos de esos críos»,
se burlaba el brujo para sus adentros mientras observaba las payasadas de aquellos jóvenes padres.
Y, una vez más, se felicitaba por la sabia decisión que tomara en su día.
A su debido tiempo, los ancianos padres del brujo fallecieron. Pero éste no lloró su muerte; al contrario, se alegró de ella, porque ahora reinaría solo en el castillo. Había guardado su mayor tesoro en la mazmorra más recóndita, y así pudo entregarse a una vida de lujo y desahogo, en la que su comodidad era el único objetivo de los numerosos sirvientes que lo rodeaban.
El brujo estaba seguro de que provocaba una inmensa envidia a todos cuantos contemplaban su espléndida y apacible soledad; por eso sintió una ira y un disgusto tremendos cuando, un día, oyó a dos de sus lacayos hablando de su amo.
El primer criado expresó la pena que sentía por él, pues pese a toda su riqueza y poder seguía sin tener a nadie que lo amara.
Pero su compañero, riendo con burla, le preguntó por qué creía que un hombre con tanto oro y dueño de tan grandioso castillo no había conseguido una esposa.
Esas palabras asestaron un duro golpe al orgullo del brujo.
Así pues, decidió esposarse de inmediato con una mujer que fuera superior a todas las demás.
Tenía que poseer una belleza deslumbrante, para despertar la envidia y el deseo de todo hombre que la contemplara; descender de un linaje mágico, para que sus hijos heredaran dones extraordinarios; y poseer una riqueza como mínimo equiparable a la suya, para así continuar con su cómoda existencia pese al aumento de los gastos domésticos.
El brujo podría haber tardado cincuenta años en encontrar a una mujer así, pero resultó que el día después de tomar la decisión de buscarla, una doncella que cumplía todos los requisitos llegó a la región para visitar a unos parientes.
Era una bruja de una habilidad prodigiosa y poseía una gran fortuna en oro. Su belleza era tal que cautivaba el corazón de todos los hombres que la miraban; es decir, de todos los hombres excepto uno: el corazón del brujo no sentía absolutamente nada. Aun así, ella era el premio que él buscaba, de modo que empezó a cortejarla.
Quienes se percataron de su cambio de actitud se asombraron, y le dijeron a la doncella que había logrado aquello en lo que centenares de mujeres habían fracasado.
La joven también se sentía fascinada y, al mismo tiempo, repelida por las atenciones que le dedicaba el brujo. Jamás había conocido a un hombre tan raro y distante, y percibía la frialdad que yacía bajo la ternura de sus lisonjas. Sin embargo, sus parientes opinaban que esa unión era muy conveniente y, deseosos de fomentarla, aceptaron la invitación del brujo al gran banquete que organizó en honor de la doncella.
La mesa, repleta de plata y oro, fue servida con los mejores vinos y los manjares más deliciosos.
Unos trovadores tocaban laúdes con cordaje de seda y cantaban canciones sobre un amor que su amo nunca había sentido. La doncella estaba sentada en un trono junto al brujo, quien, en voz baja, le dedicaba tiernas palabras que había escamoteado a los poetas sin tener la menor idea de su verdadero significado.
La doncella escuchaba desconcertada, y al final replicó:
—Hablas muy bien, Brujo, y me encantarían tus halagos si pensara que tienes corazón. El anfitrión sonrió y le aseguró que no debía preocuparse por eso. Le pidió que lo acompañara.
Ambos salieron del salón donde se celebraba el banquete y él la condujo hasta la mazmorra donde guardaba su mayor tesoro.
Allí, en un cofre encantado de cristal, reposaba el corazón del brujo. Como llevaba mucho tiempo desconectado de los ojos, los oídos y los dedos, nunca lo había estremecido la belleza, una voz cantarina o el tacto de una piel tersa. Al verlo, la doncella se horrorizó, pues el corazón
estaba marchito y cubierto de largo pelo negro.
—Pero ¿qué has hecho? —se lamentó—. ¡Devuélvelo a su sitio, te lo suplico!
El brujo comprendió que debía complacer a la joven. Así que sacó su varita mágica, abrió el cofre de cristal, se hizo un tajo en el pecho y devolvió el peludo corazón a la vacía cavidad original.
—¡Ya estás curado y ahora conocerás el amor verdadero! —exclamó la doncella, radiante, y lo abrazó.
La caricia de sus suaves y blancos brazos, el susurro de su aliento y la fragancia de su espesa cabellera rubia traspasaron como lanzas el corazón recién despertado del brujo. Pero en la oscuridad del largo exilio a que lo habían condenado se había vuelto extraño, ciego y salvaje, y le surgieron unos apetitos poderosos y perversos.
Los invitados al banquete se habían percatado de la ausencia de su anfitrión y la doncella. Al principio no se preocuparon, pero al pasar las horas empezaron a inquietarse, y al final decidieron ir en su busca. Recorrieron todo el castillo y encontraron la mazmorra, donde los
aguardaba una escena espantosa.
La doncella yacía muerta en el suelo, con el pecho abierto; agachado a su lado estaba el brujo, desquiciado y sosteniendo en una mano un gran corazón rojo, reluciente, liso y ensangrentado.
Lamía y acariciaba ese corazón mientras juraba que lo cambiaría por el suyo.
En la otra mano sostenía su varita mágica, con la que intentaba extraerse el corazón marchito y peludo. Pero el corazón peludo era más fuerte que el brujo, y se negaba a desconectarse de sus sentidos y volver al cofre donde había pasado tanto tiempo encerrado. Ante las horrorizadas miradas de sus invitados, el brujo dejó la varita y asió una daga de plata. Y tras jurar que nunca se dejaría gobernar por su corazón, se lo sacó del pecho a cuchilladas. Entonces se quedó un momento arrodillado, triunfante, con un corazón en cada mano, y a continuación se desplomó sobre el cadáver de la doncella y murió.
J.K ROWLING
artes oscuras para evitarlo.
La familia del brujo, que ignoraba su secreto, se sonreía al verlo tan frío y distante.
—Todo cambiará el día que quede prendado de una doncella —profetizaban.
Pero el joven brujo no quedaba prendado de nadie. Pese a que más de una doncella sentía intriga por su altivo semblante y utilizaba sus encantos más sutiles para complacerlo, ninguna consiguió cautivar su corazón. El brujo se vanagloriaba de su propia indiferencia y de la sagacidad que la había producido.
Transcurridos los primeros años de la juventud, los amigos del brujo empezaron a casarse y, más adelante, a tener hijos.
«Sus corazones deben de estar resecos como cáscaras por culpa de los lloriqueos de esos críos»,
se burlaba el brujo para sus adentros mientras observaba las payasadas de aquellos jóvenes padres.
Y, una vez más, se felicitaba por la sabia decisión que tomara en su día.
A su debido tiempo, los ancianos padres del brujo fallecieron. Pero éste no lloró su muerte; al contrario, se alegró de ella, porque ahora reinaría solo en el castillo. Había guardado su mayor tesoro en la mazmorra más recóndita, y así pudo entregarse a una vida de lujo y desahogo, en la que su comodidad era el único objetivo de los numerosos sirvientes que lo rodeaban.
El brujo estaba seguro de que provocaba una inmensa envidia a todos cuantos contemplaban su espléndida y apacible soledad; por eso sintió una ira y un disgusto tremendos cuando, un día, oyó a dos de sus lacayos hablando de su amo.
El primer criado expresó la pena que sentía por él, pues pese a toda su riqueza y poder seguía sin tener a nadie que lo amara.
Pero su compañero, riendo con burla, le preguntó por qué creía que un hombre con tanto oro y dueño de tan grandioso castillo no había conseguido una esposa.
Esas palabras asestaron un duro golpe al orgullo del brujo.
Así pues, decidió esposarse de inmediato con una mujer que fuera superior a todas las demás.
Tenía que poseer una belleza deslumbrante, para despertar la envidia y el deseo de todo hombre que la contemplara; descender de un linaje mágico, para que sus hijos heredaran dones extraordinarios; y poseer una riqueza como mínimo equiparable a la suya, para así continuar con su cómoda existencia pese al aumento de los gastos domésticos.
El brujo podría haber tardado cincuenta años en encontrar a una mujer así, pero resultó que el día después de tomar la decisión de buscarla, una doncella que cumplía todos los requisitos llegó a la región para visitar a unos parientes.
Era una bruja de una habilidad prodigiosa y poseía una gran fortuna en oro. Su belleza era tal que cautivaba el corazón de todos los hombres que la miraban; es decir, de todos los hombres excepto uno: el corazón del brujo no sentía absolutamente nada. Aun así, ella era el premio que él buscaba, de modo que empezó a cortejarla.
Quienes se percataron de su cambio de actitud se asombraron, y le dijeron a la doncella que había logrado aquello en lo que centenares de mujeres habían fracasado.
La joven también se sentía fascinada y, al mismo tiempo, repelida por las atenciones que le dedicaba el brujo. Jamás había conocido a un hombre tan raro y distante, y percibía la frialdad que yacía bajo la ternura de sus lisonjas. Sin embargo, sus parientes opinaban que esa unión era muy conveniente y, deseosos de fomentarla, aceptaron la invitación del brujo al gran banquete que organizó en honor de la doncella.
La mesa, repleta de plata y oro, fue servida con los mejores vinos y los manjares más deliciosos.
Unos trovadores tocaban laúdes con cordaje de seda y cantaban canciones sobre un amor que su amo nunca había sentido. La doncella estaba sentada en un trono junto al brujo, quien, en voz baja, le dedicaba tiernas palabras que había escamoteado a los poetas sin tener la menor idea de su verdadero significado.
La doncella escuchaba desconcertada, y al final replicó:
—Hablas muy bien, Brujo, y me encantarían tus halagos si pensara que tienes corazón. El anfitrión sonrió y le aseguró que no debía preocuparse por eso. Le pidió que lo acompañara.
Ambos salieron del salón donde se celebraba el banquete y él la condujo hasta la mazmorra donde guardaba su mayor tesoro.
Allí, en un cofre encantado de cristal, reposaba el corazón del brujo. Como llevaba mucho tiempo desconectado de los ojos, los oídos y los dedos, nunca lo había estremecido la belleza, una voz cantarina o el tacto de una piel tersa. Al verlo, la doncella se horrorizó, pues el corazón
estaba marchito y cubierto de largo pelo negro.
—Pero ¿qué has hecho? —se lamentó—. ¡Devuélvelo a su sitio, te lo suplico!
El brujo comprendió que debía complacer a la joven. Así que sacó su varita mágica, abrió el cofre de cristal, se hizo un tajo en el pecho y devolvió el peludo corazón a la vacía cavidad original.
—¡Ya estás curado y ahora conocerás el amor verdadero! —exclamó la doncella, radiante, y lo abrazó.
La caricia de sus suaves y blancos brazos, el susurro de su aliento y la fragancia de su espesa cabellera rubia traspasaron como lanzas el corazón recién despertado del brujo. Pero en la oscuridad del largo exilio a que lo habían condenado se había vuelto extraño, ciego y salvaje, y le surgieron unos apetitos poderosos y perversos.
Los invitados al banquete se habían percatado de la ausencia de su anfitrión y la doncella. Al principio no se preocuparon, pero al pasar las horas empezaron a inquietarse, y al final decidieron ir en su busca. Recorrieron todo el castillo y encontraron la mazmorra, donde los
aguardaba una escena espantosa.
La doncella yacía muerta en el suelo, con el pecho abierto; agachado a su lado estaba el brujo, desquiciado y sosteniendo en una mano un gran corazón rojo, reluciente, liso y ensangrentado.
Lamía y acariciaba ese corazón mientras juraba que lo cambiaría por el suyo.
En la otra mano sostenía su varita mágica, con la que intentaba extraerse el corazón marchito y peludo. Pero el corazón peludo era más fuerte que el brujo, y se negaba a desconectarse de sus sentidos y volver al cofre donde había pasado tanto tiempo encerrado. Ante las horrorizadas miradas de sus invitados, el brujo dejó la varita y asió una daga de plata. Y tras jurar que nunca se dejaría gobernar por su corazón, se lo sacó del pecho a cuchilladas. Entonces se quedó un momento arrodillado, triunfante, con un corazón en cada mano, y a continuación se desplomó sobre el cadáver de la doncella y murió.
J.K ROWLING
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